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Viernes, 19 de noviembre de 2004


¿Te apetece una copilla?

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Cae la noche sobre Granada, y movidos por una especie de magia especial, las mismas personas que por la mañana remoloneaban en la cama y se levantaban a regañadientes y con ojos soñolientes se han transfigurado en grupos de alegres jóvenes que caminan infatigables, ríen sin cesar, frecuentan antros donde prima el alcohol y la música de baile y no dejan de esbozar una sonrisa de felicidad.
Al paso, surgen por decenas personajes cuya finalidad es que acudas a su pub, (Dios, ¡cómo odio esa palabra!); usando como gancho un vale que proporciona a un precio más asequible de lo habitual el alcohol.
Admiro y envidio la facilidad con la que esa consigue engatusar a los posibles clientes y llevarlos hasta donde quieren, con una simpatía y un savoir-faire pasmosos. ¿Qué no daría yo por una pizca de esa extroversión y jovialidad?
Todo este panorama lo observo como el espectador que contempla un cuadro, sumergiéndose en él, pero de manera totalmente ajena al mismo, sin formar parte de la composición, sin fusionarse con ella, sin que esa contemplación sea recíproca... Lo hace con total tranquiliad, porque en el fondo sabe que no es más que la representación de una realidad que fue capturada la mayoría de las veces y por fortuna en su momento álgido.

Sí... Ahí estoy yo, entre todo este batiburrillo conversaciones, de gente que va, que viene, carcajea, vocifera, piropea, se constriñe en lugares minúsculos, baila voluptuosamente al son de músicas que a ello se prestan... Sin embargo, estoy sin estar, como el que observa la televisión dejándose imbuir por sentimientos y sin ser partícipe de ellos. Incluso me extraña que al acercarme a las personas, no vea los píxeles de un televisor o la pantalla de un ordenador... Es más, si miro a alguien con demasiada atención puede que me devuelva la mirada si es que repara en mí para de alguna forma inquirir el motivo de tan anómalo comportamiento, y yo, no me lo esperaba.
Estoy desplazado, expulsado, desterrado a ostracismo, como esas piedras que el mar escupe a la playa y que de vez en cuando moja y salpica como para recordarles que él existe y están desterradas.
Me falta el calor humano, cuyo pésimo sucedáneo es el monitor del ordenador en el que escribo estas líneas, me faltan arrojo, arrestos, ganas de rehacerme...
Me falta, algo, no sé qué, tal vez sea ella, que nunca he conseguido sustituir de manera del todo satisfactoria, o tal vez sea yo, que de todas las personas que conozco, soy el que menos ha hecho por mí.
Me voy a ir a la cama después de andar sólo hasta aquí, sólo, como siempre he estado en sentido figurado y también literal en el mayor número de ocasiones.
Ha llegado el momento de dejar de hacer apología de la soledad, el asocialismo, el individualismo y las rarezas como rasgo distintorio de la masa: Me he cansado del propio radicalismo, y lo he hecho de forma radical, como todo en mi vida.
Cuando no se está bajo el efecto de ninguna sustancia que afecte al comportamiento o enturbie la conciencia la vida se torna tan dura como lo era antaño, antes de que una cortina de humo camuflara el iceberg que tarde o temprano tenemos que sortear o bien chocarnos con él.


Escrito por Misósofos Misosofía El 11/19 a las 03:16
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